Edad Media

800 – 1100 DC
LA LEY VIII, DICTADA EN 740,
POR RATCHIS ASIGNÓ GARANTÍA
DE SEGURIDAD AL DOCUMENTO NOTARIAL.

La regularización del Colegio de Tabularios es citada en la Constitución CXV de León el Filósofo, en el siglo IX. Establecía los requisitos de orden moral y científicos que debía poseer el aspirante y su incorporación estaba representada por la entrega del “anillo signatario”, de donde devendría el origen del signo notarial.

Corresponden a este período las cláusulas “cautelae”, en ellas el deudor renunciaba a oponerse a las exigencias del acreedor.

Hacia el siglo XIII, la “imbreviatura” sustituye a la “Schedule”. Las partes pedían la intervención del notario, quien anotaba cronológicamente sus voluntades y luego transcribiría “in extenso” el documento. La “imbreviatura” quedaba en poder del notariado y en cualquier momento se podía obtener una copia de la “chartae”.

El documento se convierte en instrumento: la sola fe notarial le atribuye la función probatoria.

En la legislación hispana, este documento se denominó “nota”. El escribano de las ciudades o villas llevaba un libro donde las registraba y una vez transcripta se extendía la “chartae”. El libro de registración de notas es uno de los antecedentes del protocolo notarial.

El Anillo y el Ojo forman una unidad, que generalmente es la parte más elaborada desde el punto de vista ornamental, y mecánicamente constituye la palabra de la llave.

El Paletón, se encuentra en el extremo opuesto al conjunto ojo-anillo y es la pieza que da nombre, de manera indirecta, al objeto que nos ocupa, puesto que contiene la CLAVE, es decir, las combinaciones que se adaptan a cada cerradura en particular.

Algunas llaves poseen la guarda: especie de acanaladura observable en el perfil del paletón, que se adaptan a la abertura de la cerradura para la cual fue fabricada cada llave en particular.